domingo, 8 de noviembre de 2015

Tranquila pequeña, ya estás en casa

   La verdad es que siempre he tenido cierta fé. No en la existencia de un ente antropomórfico todopoderoso, ni en la de varios tales seres. Pero sí en cosas como karmas, destinos o escribir los deseos y quemarlos en la hoguera de San Juan. Es una fé curiosa, ya que se sostiene más en la voluntad de creer que en la creencia misma. Y no es de extrañar, pues cuando de enano tu madre te lee la historia interminable para dormir, y luego cuando tu habilidad lectora es casi suficiente como para ello, te la lees tú, seguido de el hobbit, el primero del Ciclo de la Puerta de la Muerte, las novelas de Magic (unas cuantas), El Señor de los Anillos, manuales de rol, y casi cualquier texto de fantasía que cayese en mis manos, que entre la biblioteca, los amigos, y el hecho de que mis padres me hayan fomentado la lectura --aunque no fuese quizá el género que habrían elegido para mi--, pues resulta que la realidad se hace ligeramente aburrida sin elfos, mitrhil, vampiros, bolas de fuego, anillos de poder, o espadas clavadas en rocas esperando al elegido.
   Eso me crea una vacío que suplo con cosas como un tatuaje de mordisco en el cuello que refleja mi oculta esperanza de alguna noche recibir el abrazo, el cuidado de no pisar en los círculos de setas, y el intentar ganar puntos de karma, que es a donde quería llegar.
   El karma, que no es más que otra manifestación del mismo efecto que la Ley de Murphy o las distintas técnicas adivinatorias: La sugestión y las ganas del sujeto de creer en ello. Nosotros mismos nos montamos la película en nuestra cabeza: cada vez que algo notablemente bueno (respectivamente malo) nos ocurre, viene a nuestra mente algo notablemente bueno (respect. malo) que hayamos hecho recientemente, y establecemos en nuestramente una relación de causalidad, para nada existente: hemos recibido algo bueno (respect. malo) como compensación por esa cosa buena (respect. mala) que hicimos.
   Y aún sabiéndolo. Aún teniéndolo claro, verificando el refrán de que no hay más ciego que el que no quiere ver, no he dejado de pensar en que el Karma ha influido en lo que os relato a continuación.
   Creo que no os había contado que me robaron la bici de Irina de la puerta de casa. Algunos han intentado discutirme que es mi culpa por no atarla. Entiendo que no he colaborado a frustar los intentos de robo, pero no admito la culpa. Mi razonamiento es: si es una bici que uso todos los días como modo de transporte, es una necesidad. No vital, claro, pero es mi medio de tansporte, al menos en usufructo, nadie debería llevársela, al margen del concepto de propiedad, y por ello a menudo no ato la bici porque no viviendo en una zona de paso, y no siendo una bici de 300 libras, pues nadie debería llevársela. Con cierto sonrosamiento de mejillas por mi inocencia os cuento que el día que me desperté para descubrir por la mañana que la bicicleta no estaba, volví del trabajo con esperanza de que la bici volviera a estar en la puerta. Incluso me acerqué a la parte de atrás por si estuviera ahí, porque me costó aceptar que siendo una bici que uso en el cotidiano alguien viniera a llevársela. A putarme de gratis a mi, que no suelo hacer mal a nadie, sobretodo de manera consciente ni deliberada.
   Hoy, dos semanas después, me dirigía con mi mochila llena de juegos al Hopbine, a nuestra timba semanal, y me he encontrado la bici tirada al lado del río. Por suerte estaba en seco, y no he podido acallar a esa voz dentro de mi que ha dicho
- Sabía que volverías.
   Y no lo sabía, pero en ningún momento dejé de pensar que la bici volvería, porque es lo razonable. O al menos es lo razonable dentro de mi cabeza, la lo cual la realidad no siempre se ajusta. Así que he traido la bici de vuelta, y ya está en casa. La rueda de atrás pinchada, eso sí, y lo que más me jode: el eunuco que la cogiera ha quitado la bocina molona que no ha aparecido por ningún sitio, ni la cesta... Pero bueno, podemos denominarlo un final feliz. Eso sí, me estoy haciendo un experto en eso de llevar dos bicicletas a la vez. Me siento como un cowboy a lomos de un caballo, llevando en las manos las riendas de un segundo caballo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario