viernes, 16 de enero de 2015

¡Al rico cacahuete!

La verdad es que ando dándole vueltas al panchito a ver qué os cuento, y la verdad es que no se me ocurre nada, así que a ver si escribiendo viene algo de lo que os haya querido contar en el pasado y no haya hecho aún.

El caso es que os quería dejar una pista, aunque hay quien no la necesita (¡hola Mer!). No penséis en adónde va en plan, la mano, la boca, o el estómago. Pensad más bien en que la gente compra cacahuetes cuando va al circo, a la feria o al zoo... guiño, guiño, y lo mismo así se os ocurre alguna idea.

No hay nada como conocerse a uno y saber que escribiendo le viene la inspiración, que así ha sido. Estuve, como creo que os comenté el finde en London, y me quedé en casa de una amiga por Notting Hill, y el caso es que estaban las calles llenas de los restos inertes de la navidad.
Como muestra la imagen, aquí también es tradición servir el capricho de unos pocos talando árboles para unas pocas semanas después desecharlos. Sólo se ven tres pero estaba la calle bastante poblada.
Junto con la rabia del despilfarro de aquellos que como pueden pagarlo no se preocupan de que poder pagarlo está bien, pero hay que tener en cuenta el problema de la finitud de los recursos, o la sostenibilidad, también me vino el recuerdo de cuando éra yo mozo, varios árboles de navidad tuvimos en casa, pero que ninguno fue tirado, todos están plantados allí en El Escorial, que tiene un clima propicio, y son grandotes, gracias a los mimos y atenciones de pg.Y es que por rabia que me de toda la atmósfera consumista creada alrededor, o la cristiana hipocresía fundacional, no puedo dejar de disfrutar cada diciembre de la escusa para juntarme con la familia y amigos, y tomar unos cacharros, porque es una escusa tan válida como otra cualquiera, solo que en esa estamos sincronizados a nivel estatal, continental y gran parte del mundo.

Moraleja: que aunque aquí se las den de civilizados, cuando llega la hora de la verdad son igual de salvajes, destrozando bosques por placer.

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