martes, 9 de febrero de 2016

El chico de las zapatillas brillantes: Todo está en tu cabeza

Parece el título de un disco. Seguramente de rap. Pero no lo es (o eso creo). Es un recordatorio de lo que os quiero contar hoy que os tenía que haber escrito el finde, pero entre los juegos, traducciones y programar un rato eché el sábado y el domingo.

Tenía ya las zapas de correr cayendose a cachitos. Bastante literalmente, por lo que la semana pasada me dediqué a rastrear la mejor oferta de la misma marca y modelo, porque si me han ido bien, ¿para qué vamos a cambiar? Y no la encontré. Bueno, la encontré, pero vi otro modelo que por 10 libras más ofrecía unas especificaciones más tentadoras. Y caí.

El miércoles pasado me llegaron al currele, pero teníamos papeo de despedida de un compañero, así que nai, las dejé en el vestuario preparadas para el jueves, momento en el que me puse mis mallas largas negras, mi camiseta sin mangas negra, mi camiseta de manga larga negra, calcetines negros, y mis nuevas zapas, de un color rojo con un tinte anaranjado y una textura metalizada que hace que el color varíe de rojo costra a rojo flamígero, suela blanca y cordones amarillo fosforito. A esas cosas, yo no le doy importancia, pero parece ser que o brillan mucho de por sí, o es el contraste, poruqe me ha pasado ya varias veces de cruzarme con gente y que se queden mirando fijamente las zapas. Y salí a correr.

Después de unas navidades ociosas y de comer, podréis imaginar mi rendimiento se vio afectado. No había sido capaz de hacer 10k de nuevo desde que volví. Que si el próximo día que hoy estoy cansado. Que si empieza a llover. Que si noto una molestia en la rodilla... Todo escusas. Y el jueves tampoco fue el día. El viernes, no obstante, sí. Decidido a culminar las 4 vueltas, con música en mis oidos y dos farolillos rojos por calzado me eché al asfalto, y me lo comí - no literalmente, claro. Y así pasa, que una vez superada la barrera psicológica, hoy, con un viento huracanado, que no os exajero mucho si digo que en la recta de mayor exposición iba inclinado facilmente 15 grados para contrarrestar, que varias veces giraba un poco para entrarme de frente, ha sido como un paseillo. Ni me he despeinado. Recuerdo un pobre cuervo que quería cruzar la carretera y no podía, hacía eso de intentar subir para vencer al viento en la caída y no ha habido ostias. Le ha tocado quedarse en ese lado del campo.

Vamos, que no por mucho desearlo os va a tocar la lotería, pero para ciertas tareas, los frenos no están en la realidad, si no en nuestras cabezas (sin perjuicio de que también haya frenos en la realidad).

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